30/10/2026 Viernes 30 (Lc 14, 1-6)
Un sábado que entró a comer en casa de un jefe de fariseos, ellos lo vigilaban. Se le puso delante un hidrópico.
Este episodio del hidrópico es parecido al de la mujer encorvada de hace unos días. La diferencia más importante está en que la mujer encorvada es curada de su enfermedad en una sinagoga, mientras el hombre hidrópico es curado en una casa: todo tiempo y todo espacio son sagrados. Pero el telón de fondo es el mismo, el corazón blando del humanismo de Jesús, frente al corazón duro del legalismo fariseo. Esto es lo que el Evangelista quiere resaltar: el ser humano está por encima de la ley, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley (Rm 13, 8).
Jesús pone en práctica el programa de vida proclamado en Nazaret: Enviado a anunciar la libertad a los cautivos…, y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 8-9). Nunca dejemos de poner los ojos en este Señor nuestro; de los contrario, los gérmenes de fariseísmo que todos albergamos aparecerán en nuestras relaciones y podremos cometer barbaridades en nombre de unos principios que, por elevados que parezcan, nunca justificarán el hacer sufrir a otros.
¿Cómo reaccionan los fariseos ante la pregunta que Jesús les dirige? Se quedan callados. Son personas religiosas, convencidas de lo correcto de sus ideas y de su vida. Encerrados en su legalismo, no pueden comprender la absoluta novedad del Reino.
En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión (Papa Francisco).
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