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31/01/2021 Domingo cuarto (Mc 1, 21b-28)

  • 30 ene 2021
  • 2 Min. de lectura

La gente se asombraba de su enseñanza porque lo hacía con autoridad, no como sus letrados.

Aquellos letrados serían muy eruditos, pero no convencían, a pesar de ostentar la autoridad oficial. Jesús, aunque fuese solamente el hijo del carpintero de Nazaret, sí convencía. Porque hablaba con autoridad, porque transmitía su vivencia personal. Lo suyo, más que enseñanza de escuela, era testimonio de vida. Todos nosotros, creyentes, estamos llamados a enseñar con autoridad; a ejercer un magisterio sólido con el testimonio de nuestra vida.

Precisamente en aquella sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo.

Los judíos llamaban espíritus inmundos a los demonios y fuerzas malignas que tiranizan y envilecen al hombre. Podríamos pensar que aquel hombre padecía alguna adicción fuerte: ¿el alcohol?, ¿el juego? El caso es que era un hombre piadoso; él y su espíritu inmundo se encontraban cómodos en la liturgia semanal. Hasta que apareció Jesús.

¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.

Es curioso que el espíritu inmundo hable primero en plural y luego en singular. Quiere decir que su identidad es muy confusa. Interesante también ver que Jesús no se pone a discutir con el espíritu inmundo. No hace preguntas, ni las responde. Los psiquíatras hacen muchas preguntas; Jesús ninguna. No da oportunidad de diálogo al espíritu inmundo.

Todo espíritu inmundo, toda fuerza maligna que ensombrece nuestra vida, se pone a temblar ante la presencia de Jesús. Y ¿quién puede presumir de no tener ningún espíritu inmundo? Todos tenemos algo de lo que nos gustaría vernos libres para vivir más tranquilos: miedos, compulsiones, adicciones, fobias, traumas del pasado… Estaríamos dispuestos a pagar un alto precio para eliminarlos de nuestras vidas. Por eso, es necesario que nuestra liturgia semanal sea un verdadero encuentro con Jesús. Que no vengamos simplemente a cumplir con una obligación porque así lo hemos hecho desde niños.

 
 
 

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