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31/05/2025 La Visitación de María (Lc 1, 39-56)

  • 30 may 2025
  • 2 Min. de lectura

Entonces María se levantó y se dirigió apresuradamente a la serranía, a un pueblo de Judea.

Entonces. Es decir, en  cuanto el ángel se va. Las palabras del ángel no dejan a María ensimismada. No se detiene a ponderar el alcance de un anuncio tan extraordinario, ni siquiera en un momento tan crucial de su vida. Y corre a ayudar a Isabel, su parienta y amiga. El ángel le ha dicho: Tu pariente, Isabel, ha concebido en su vejez y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Con santa Isabel de la Trinidad, contemplamos a María atravesando presurosa las montañas de Judea; la vemos caminar tan bella, tan serena, tan majestuosa, tan recogida dentro de sí, llevando al Verbo de Dios.

Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Contemplamos también esta escena tan entrañable: las dos amigas, las dos mamás, los dos bebés… Y el abrazo; la fusión de dos corazones. Las dos mujeres, llenas del Espíritu, se comprenden antes de abrir la boca. Es el encuentro de la mejor amistad: la amistad del alma. Sabiéndose comprendida, María encuentra el sosiego que tanto necesita. El encuentro rebosa alegría, como corresponde al comienzo de la plenitud de la salvación de toda la humanidad. Del encuentro brota la alabanza.

 

María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor.

 

En lo más íntimo de María converge la historia entera de la salvación: el pasado, el presente y el futuro. Historia de salvación de su pueblo, e historia de salvación de toda la humanidad. María es portavoz gozosa de toda la humanidad, de toda la creación: Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto (Rm 8, 22).

 
 
 

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